Petrópolis desolada | En Profundidad

Tan sólo una veintena de personas y unos 200 animales domésticos han tenido mejor suerte al ser rescatados con vida de entre los escombros, tras la furia de las recientes lluvias torrenciales en Petrópolis, a 53 kilómetros de Río de Janeiro, Brasil.

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Entretanto las autoridades municipales recomendaron a los 300.000 habitantes de la ciudad brasileña, no salir de sus casas tras el fuerte temporal, salvo una “extrema necesidad”.

Es que todavía se limpia un auténtico lodazal en unos 200 deslizamientos de tierra, para intentar normalizar el tránsito en esta ciudad de montaña vestida de luto, donde un diluvio dejó el pasado día 15 de febrero más de 250 víctimas fatales.

En ese proceso se han retirado más de 300 vehículos que fueron arrastrados de forma violenta durante la tempestad, a través de los ríos y las calles de la ciudad.

Tanta agua

Hace poco más de una década, 2011, superaron las 900 personas muertas por las inundaciones en la región de Petrópolis, Nova Friburgo y Teresópolis. La desgracia es un tema común entre quienes esperan que un día los poderosos “ríos voladores”, les regresen la humedad hecha un demonio sobre las inmensas regiones de Sudamérica. 

Son flujos aéreos de agua en forma de vapor, provenientes del océano Atlántico tropical y alimentado por la humedad que evapora de la Amazonía. Estos ríos de humedad atmosférica se desplazan velozmente sobre el Amazonas hasta encontrarse con los Andes. 

Los corredores atmosféricos ubicados a una altura aproximada de hasta dos kilómetros pueden transportar tanta agua como el poderoso río Amazonas. Es impresionante reconocer que causan lluvias a más de 3.000 kilómetros de distancia. Así sucede en Uruguay, en el norte de Argentina, en Paraguay y en el sur de Brasil. 

Aunque vitales para la agricultura, las precipitaciones también pueden ser devastadoras, como sucedió recientemente en las sierras de Petrópolis. Ese corredor de aire hace una curva hacia el sureste de Brasil y llega a la cuenca del Río de la Plata. 

El Metsul, principal empresa privada de Meteorología do Sul do Brasil, explica que la región norte de ese país es “muy húmeda y tropical, donde hay un calentamiento constante”. 

Además de la evaporación en el océano Atlántico, la humedad liberada por los árboles de la selva amazónica, es otro componente esencial de los ríos voladores. Por ejemplo, un árbol frondoso con una copa de 20 metros de diámetro, transpira más de mil litros en un solo día. 

La Amazonía tiene unos 5,5 millones de kilómetros cuadrados ocupados por el bosque nativo, con aproximadamente unos 400.000 millones de árboles de los tamaños más variados. Unos 20 billones de litros de agua son transpirados cada día, por los árboles de la cuenca amazónica.

Según los expertos, el relieve de América del Sur y la cordillera de los Andes, no dejan escapar esta humedad del continente, obligando a este río volador a descender en formal de vendaval.

Cuando sube un frente frío y se conecta con la humedad amazónica, siguen juntos como apasionados diabólicos hasta la parte superior del sureste o noreste de Brasil. 

Convertido en tormenta, el fenómeno meteorológico conocido como zona de convergencia del Atlántico Sur, se manifestó con funestas consecuencias al sur de Bahía a fines del año pasado y en enero del 2022 en Minas Gerais. Después hubo lluvias torrenciales en Sao Paulo y recientemente en Petrópolis.

Bajo un manto de escombros cada vez más impenetrable, continúan trabajando los equipos de rescate para encontrar sobrevivientes, mientras tanto sus familiares cuentan cada minuto en total desolación y los que pueden, opinan en las redes que estos desastres no sucederían si los fondos recaudados tras cada tragedia, se hubieran dedicado a sistemas de drenaje adecuados.

Si bien las zonas de convergencia son algo característico del verano suramericano, dependiendo del comportamiento climático, cada año ocurren más al sur o más al norte.

El cambio climático influye negativamente por la gran liberación de calor y humedad del Amazonas y una mayor evaporación de agua de los océanos Pacífico y Atlántico, lo que hace cada vez más desastrosas a estas tormentas perfectas.

¿A dónde iremos a parar? 

En un ciclo anual del 2020 al 2021, la selva amazónica brasileña perdió 13.235 kilómetros cuadrados de vegetación, la mayor área degradada para un periodo de 12 meses en los últimos 15 años.

La ambición de los depredadores ante el negocio de la tala indiscriminada de árboles para el tráfico de maderas finas, el avance de los asentamientos humanos, los incendios forestales, la ganadería expansiva, la acción de grupos ilegales dedicados a la minería, el tráfico de madera y de drogas, definen en un camino de no retorno.

“Estudios recientes apuntan que la pérdida de 20-25 por ciento de la cobertura boscosa de la Amazonía, podría significar el punto de ruptura para los equilibrio eco sistémico. Si continuara la tendencia actual verificada por MapBiomas, este punto de inflexión se podría alcanzar en esta década”, señala esa red de colaboración conformada por organismos no gubernamentales, universidades y empresas de Brasil.

Durante la presente década, la selva tropical más grande del planeta podría convertirse en una sabana, lo cual es especialmente desastroso para los países latinoamericanos por donde se extiende la región amazónica.

Foto: Ricardo Moraes

El licenciado Daniel Muñoz Torres, de la Facultad de Estudios Superiores (FES) Aragón, considera que el interés gubernamental de “ayudar” a las zonas de desastre, es una respuesta del mandatario brasileño Jair Bolsonaro, ante las críticas que ha recibido durante todo su mandato, por minimizar el cambio climático.

De lo contrario, verá las consecuencias reflejadas en los resultados electorales del próximo 2 de octubre, afirma. 

“Por las críticas que el Gobierno ha recibido por minimizar el cambio medioambiental, es por lo que Jair Bolsonaro está ahora tan preocupado por apoyar y dar incentivos a esta situación (…) Ahora estamos en un año electoral y es por eso que también le está dando tanta validez a esta emergencia”, agrega el académico.

Previo a los desastres registrados en Petrópolis, Bolsonaro había asegurado durante la Cumbre sobre el Clima 2021, que duplicaría el dinero para preservar las zonas verdes de su nación, días después se dio a conocer que recortó el presupuesto del Ministerio de Medio Ambiente de 3.000 millones de reales a 2.100.

Tragedia combinada

El asunto no es tan nuevo. El incentivo político y electorero de los años setenta provocó la migración hacia Petrópolis de personas de los municipios metropolitanos de Río. Los recién llegados que levantaron sus precarias viviendas donde pudieron, hoy son víctimas de los deslaves. 

“Hace 44 años que vivo aquí y nunca vi algo así. Todos mis amigos se han ido, todos están muertos, todos enterrados”, lamenta la residente María José Dante de Araujo. 

Entonces aparecen los expertos para decir que la tragedia es consecuencia de una combinación de factores: una lluvia concentrada superior a la media histórica de todo febrero, la topografía de la región y la existencia de grandes barriadas de casas precarias, muchas de ellas construidas de manera ilegal.

La ciudad brasileña nació en el XIX para el veraneo de la realeza. El aire fresco fue la razón de ser de Petrópolis, por lo que el último emperador de Brasil decidió proyectar su ciudad. Fue la primera totalmente planificada -desde cero- en Brasil, donde Pedro II hizo construir un palacio para refugiarse de los calores de enero, junto a su familia.

Todo fue pensado para el recreo de la monarquía con canales sombreados, chalés suizos, amplias alamedas, villas lujosas, palacetes parisinos, sin faltar un Palacio de Cristal importado de Francia en 1879. 

Ese aire “mitteleuropeo”, fue también la última morada del célebre escritor austriaco Stefan Zweig, que vivió en Petrópolis sus últimos días -1942- huyendo de la anexión nazi de Austria. 

El refugio tradicional para el calor de Río de Janeiro y un magnifico destino turístico, ha experimentado simultáneamente un crecimiento urbano descontrolado.

La desigualdad, la pobreza y la exclusión social se encuentran juntas en los hogares precarios avanzando por sus laderas montañosas, a menudo en áreas que quedaron inestables por la deforestación y el drenaje inadecuado.

Foto: Ricardo Moraes

Más de 1.500 personas han fallecido en deslaves similares en las últimas décadas, en esa parte de la Sierra del Mar. Solo en Petrópolis, más de 400 personas han perdido la vida a consecuencia de fuertes tormentas desde 1981.

“La lluvia es el gran villano, pero la causa principal es el mal uso del suelo. Hay una falta total de planificación”, afirma Antônio Guerra, quien lleva tres décadas estudiando las catástrofes meteorológicas en Petrópolis. El profesor de geografía de la Universidad Federal de Río de Janeiro ha visitado docenas de lugares donde los torrentes de lodo han engullido a personas y viviendas. 

Enclavada en la montaña y bautizada con el nombre de Pedro II, el último emperador de Brasil, Petrópolis fue una de las primeras ciudades del país con planificación urbanística, porque los primeros pobladores levantaron viviendas señoriales a lo largo de sus vías de agua. 

Pero el crecimiento descontrolado de Petrópolis no es reciente. En las últimas décadas ha atraído a gente de las zonas más pobres, cubriendo sus laderas montañosas con pequeñas casas apiñadas, construidas sin los permisos adecuados. En principio porque sus propietarios no pueden permitirse vivir en otro lugar y no son totalmente conscientes de los peligros.

Esta última semana, la Defensa Civil ha reportado más de 775 incidencias por corrimientos de tierra. Los más de 500 bomberos que operan en la zona con poca visibilidad por la presencia intermitente de bancos de niebla, se vieron forzados a interrumpir sus labores ante la alerta de precipitaciones “moderadas” en las próximas horas. 

De acuerdo con el Ministerio de Ciencia, Tecnología e Innovación, la posibilidad de movimientos masivos en la Región Serrana de Río de Janeiro seguirá siendo muy alta especialmente en Petrópolis, debido a la precipitación acumulada y las previsiones climatológicas.

El presidente Jair Bolsonaro, quien en el momento del desastre estuvo en un viaje diplomático por Rusia y Hungría, prometió asistencia federal para ayudar a los habitantes y comenzar la reconstrucción del área afectada.

Al sobrevolar la ciudad, dijo “vimos una intensa destrucción, una imagen casi de guerra”, al tiempo que se defendió de las críticas que suscitó la tragedia. 

“Ahora no perdí a nadie, pero lo perdí todo”. Carina Santiago es otra de las vecinas de Morro da Oficina. En 1995, Carina perdió a su madre en un deslizamiento de tierra en el mismo lugar. “Es un trauma muy grande. En aquel momento yo tenía 15 años, hoy tengo 41 y miro todo lo que trabajé, las cosas que tenía, lo perdí todo, no tengo nada”.

“No podemos prever todo lo que va a acontecer en 8.5 millones de kilómetros cuadrados (la superficie de Brasil). La población lleva razón a la hora de criticar, pero esto es una región accidentada, no es la primera vez que ocurre una tragedia aquí. Vamos a poner de nuestra parte”, les estampó en la cara a las víctimas del desastre, el mismo presidente de Brasil.

Es que habría que vivirlo. “Fue como la escena de una película de terror”, describió el dentista Lucas Ribas desde el lugar. “En el centro de la ciudad había muchos cuerpos, muchos muertos que fueron arrastrados por la lluvia, se ahogaron agolpados en algún lugar o atrapados en los autos”.

“Encontré a una niña que quedó enterrada viva”, absorto dijo el joven Pio Lourenco.

Esta fue la lluvia más intensa en Petrópolis desde 1932 y entre tanto dolor, dejó grietas de cientos de metros de ancho en las laderas de la montaña y en el alma de los brasileños.

Morro da Oficina, uno de los cerros del barrio Alto da Serra, puede considerarse el epicentro de la malaventura. Allí quedaron sepultadas 80 casas por la fuerza de los torrentes de lodo. La intensidad de las aguas arrastró automóviles, autobuses con pasajeros y todo a su paso. 

Ana María Pereira, de 49 años de edad, cree que perdió en el alud a su desaparecida sobrina de 16 años de edad. Ella misma se salvó porque estaba vendiendo caramelos en la calle y cuando vio la riada, se subió a un muro. Ahora está alojada en un albergue. “Sentí mucha tristeza al ver tantos cuerpos”.

El papa Francisco expresó “sus condolencias” y compartió “el dolor de todos los enlutados o despojados de sus bienes”, en un telegrama en portugués enviado al obispo de Petrópolis, Gregorio Paixao Neto. La Catedral y el Palacio imperial quedaron en pie, a su alrededor el centro histórico de la ciudad fue convertido en un lodazal.

La “ciudad imperial” quedó destruida y sin servicios. La morgue local debió recurrir a un camión refrigerado como respaldo por la lamentable demanda. Apenas activadas las funerarias, abarrotadas de muertos.

Miles de personas quedaron sin hogar, desubicados, desesperados y un número aún desconocido de desaparecidos continúan amenazando con elevar la cifra de víctimas. Las 25 escuelas que tiene el municipio dejaron de enseñar para convertirse en albergues.

La ciudad brasileña decretó tres días de luto por las víctimas fatales que dejó el temporal, en tanto que la Alcaldía de Petrópolis declaró el estado de calamidad pública. “Infelizmente hoy hay personas que se resisten a dejar sus casas”, dijo el gobernador de Río de Janeiro, Cláudio Castro

“Tengo miedo de que Petrópolis acabe”, dijo Eva Barros, de 42 años de edad. No puede volver a casa porque la zona “está cortada” y “se está cayendo todo”.

Un informe de 2017, encargado por las autoridades de la ciudad, estimó que casi el 20 por ciento del área de Petrópolis estaba “en alto riesgo de deslizamientos de tierra e inundaciones”.

“El Ayuntamiento está esperando que muera más gente para hacer algo”, lamenta Paulo en medio de los escombros y el lodo.  Mientras tanto busca el cuerpo de su hijo, un joven de 18 años que estaba con su abuela, también desaparecida bajo los escombros.

“Solo me iré de aquí cuando lo encuentre”, le dice Paulo Roberto de Oliveira de 40 años de edad, asesor parlamentario. Nacido y criado en Petrópolis, fue de los que en 2011 perdió su hogar por las fuertes lluvias.

Pero quizá la más dramática de las historias personales fue la de Giselli Carvalho, quien se apresuró a volver a casa preocupada por su madre y por su hija Helena, apenas comenzó la lluvia. Un vecino se adelantó a decirle que la casa familiar había sido arrasada.

“Me tomó nueve años quedar embarazada porque quería criar bien a mi hija. Sólo pude disfrutar de la compañía de mi bebé durante poco más de un año”.

Cuando ocurrió el deslave, María Carminante, la sobrina de Giselli, también estaba en la casa, ubicada en la favela Morro da Oficina, en el barrio Alto da Serra. Los tres cuerpos fueron encontrados juntos en un sofá.